martes, 20 de julio de 2010

QUÉ PINGÜINO NI QUÉ PINGÜINO

Bueno, contextualizo, aquí estoy yo peleando con un filete de sabe Dios qué animal mientras escribo, clicko en el botón de inicio de Tuenti cada 26 segundos, veo el capítulo de una serie elegida casi al azar y… y me gustaría poder decir que estoy haciendo algo más para ya sí parecer un superhéroe superenganchado al super… al ordenador.

“Yo escribo para mí”. Se lo he escuchado a tantísima gente que he llegado a creerlo, o, incluso, a decirlo, escribirlo y gritarlo a los cuatro vientos.

Es una enorme mentira.

Es raro, pero aún cuando lo creía, sabía que era mentira. Una verdad estética, sonaba bien, era una excusa, me permitía huir con cierta dignidad de escritos infumables (Como el que seguramente termine siendo éste)
No quiero atreverme a generalizar, porque vete tú a saber qué clase de curiosa gente escribe hoy en día y con qué destinatario, pero, en mi caso al menos, creo que eso de escribir para mí no es sólo imposible, es inútil.

“¿Y los diarios?” Los diarios los escribes para que tus padres/hermanos lo encuentren tarde o temprano y se rían de ti con pruebas escritas de las chorradas que haces. No, pero hablando en serio, la utilidad que se le podría ocurrir a la mayoría es (Quitando leerlo en un futuro y dar gracias de que no sigues siendo tan gilipollas) “Escribiendo entiendo mejor lo que siento”

A dónde vas caperucita!

Vale, suena creíble, pero en realidad para explicarme algo a mí mismo me basta con una imagen. La imagen evoca recuerdos, que se van encadenando y pueden seguir hacia atrás en un largo historial de recuerdos o mutar en lo que viene siendo soñar despierto con recuerdos que nos gustaría tener. Una imagen o una voz, o un olor, o una sensación. Y otra vez recuerdos. Y el recuerdo vuelve a las voces, olores, sensaciones, imágenes.

Escribir es, básicamente, la esperanza de que al cambiar de formato nos comprendamos a nosotros mismos.
Ahí tenéis la impresionante teoría de que más valen 10 JPGs que un GIF mal hecho.

No, va, olvidad la última frase.

Mejor, olvidad toda la entrada.

Olvidaos del blog, qué coño.

Voy a escribir el chiste de los pingüinos para dejar buen sabor de boca.

Un marido, aburrido de su vida sexual con su mujer, decide que debe intentar algo nuevo: darle por detrás. Pero claro, después de tanto tiempo no sabe cómo decírselo. Así que se va a una tienda, compra un centenar de pingüinos y los suelta en medio de la casa. 

Llega la mujer a casa y ve a todos los animales... 

- ¡Pepe! ¿Qué hacen todos esos pingüinos en el salón? 

- ¡Qué pingüino ni qué pingüino! ¡¡Tú lo que quieres es que te dé por culo!!

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