domingo, 3 de enero de 2010

Historia de Trenes

Lo peor es que no importa. No piensa no actúa, no quiere actuar, ni siquiera eso pasó por su cabeza alguna vez. Simplemente ve pasar la vida como un tren pasa por las vías, y cada uno coge el vagón más cercano, más sencillo de abordar.

¿Si estaba en aquel tren? Claro que lo estaba, yo lanzaba miradas fugaces, aunque no alcanzaba a verlo. Estaba en otro vagón, si bien alguna vez compartimos asiento, en otro viaje, con otro destino. Aquella vez bajó antes, mucho antes que yo.

Conocí a mucha gente interesante en aquel viaje, habiéndose ido ya. Bueno, quizás eran una panda de rateros, unos imbéciles. No les guardo rencor y pensar que fueron interesantes hace más ameno el viaje. Pero no, es cierto, no lo fueron.

No hablo de aquel viaje en tren porque lo eche de menos. Lo eché de menos. Echo de menos viajar, y ese café que te ponen en el vagón restaurante. Lo echo de menos y parece hecho con azufre. Sujetar mi maleta de... Bueno, no tengo ni idea de qué clase de material puede llevar pero... coño, es dura. Apenas llevo nada. Un par de libros. Algo de ropa. Chocolate.

Lo volví a ver hace poco. Íbamos en direcciones opuestas. Los trenes se detuvieron en la misma estación, a la par, durante un rato. Nuestros vagones, coincidieron unos segundos. Yo miré. Luego siguieron su camino, unos metros más, hasta que ambos trenes pararon. Descanso de treinta minutos.

Bajé del tren y pedí fuego. Gracias. Dos caladas hasta atreverme. ¿Atreverme a qué? Me acerqué a un pequeño puente que enlaza los andenes, sobre los trenes. No veía el lado opuesto. Subí un poco más. Casi me había terminado el cigarrillo. Fumo muy deprisa cuando estoy nervioso. Me pongo muy nervioso cuando no entiendo por qué estoy nervioso.

Subí arriba. Desde el puente, veía casi todo. Los trenes. La gente. Cada uno con sus pájaros en la cabeza, un centenar de vidas al menos, con millones de estúpidas ocurrencias. Pero no estaba. Vi una cafetería, era una buena excusa para cambiar de andén.

Sólo, una mesa, café con leche, sobre de azúcar, cenicero y cucharilla. Veinte minutos para tomármelo, con tranquilidad y dos cigarrillos. Está al fondo del bar. ¿Mierda? Bajo la mirada. Siete vueltas al café, como si se fuera a convertir en Coca Cola haciendo eso. Sé que se ha levantado. También se que me ha visto.

"¿Qué tal?" Y todo lo que ello conlleva. Charla, amistosa, el pasado reciente sorprendentemente bien resumido, un par de sonrisas y cada cuál regresa a sus asuntos. Lee el periódico. Yo sigo dando vueltas al café. Carraspeo. Me mira, desde la otra punta de la cafetería, y me mantiene esa mirada, como si yo fuese un mueble, para volver a la sección de necrológicas o a lo que sea que esté leyendo.

Ahora soy yo quien sonríe. Me levanto, cojo mi taza de café y camino hasta su mesa. Monto en mi vagón mientras escucho cómo grita. Por el tono diría que era un café muy caliente. Ya no estoy nervioso. Ojalá pierda el tren, hijo de puta.





2 comentarios:

Viajero dijo...

¡Saludos Gato!
He visto tu blog desde un Extraño Mundo, y al ver que tenías una entrada titulada "Historia de Trenes" no he podido resistirme a entrar. De paso he echado una ojeada en general, y me encantan tus historias (las del Conde Dracullen son geniales xD). Acabas de ganar un nuevo seguidor ^^

Joey dijo...

I love it!
esta si es buena!lo-bez,no?
XD

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