martes, 24 de noviembre de 2009

El conde Dracullen, Un

Hoy voy a contaros una historia de vampiros. Si la Stephenie Meyer se forra con el carazapato ese, yo por lo menos me pago un kebab.




Degustaba aquella noche el conde pequeños higadillos de niño rico, de piel blanca, ojos rubios y colegio de alta esfera, donde el pan de la comida lleva pepitas de oro.

Cerca está el amanecer, el conde cena y su séquito discute, habitación aparte, sobre moral, ética y pornografía con koalas. ¿Es correcto matar? ¿Es necesario espiar o violar a un marsupial?

El conde llora, solo, mientras termina de masticar el tobillo de una repelente niña. Sí, he dicho repelente, refiriéndome a una pobre niña mutilada y devorada por un vampiro, pero soy el narrador, y a mí nadie me conoce.

Y las lágrimas de un vampiro son crueles, son malvadas, dañinas y rencorosas como las mujeres despechadas, como el granizo en agosto y los villancicos en marzo, sin pies ni cabeza, ni sentido ni lógica.

El conde Dracullen está triste, y su castillo llora con él. ¡Qué pesadillas de chupasangres atormentan la mente de este cadáver que ya dejó de sentir hace mucho, en los tiempos en los que Adam Sandler se negaba a hacer comedias!

Termina el postre, vasito de sangre caliente y a la cama, cama elegante, vistosa, de dos por dos y que deja en mal lugar el trozo de colchón en el que yo duermo. ¿Y el ataúd de las leyendas? Vampiro de mierda, más llorarías durmiendo en una tabla y no en seda.

3 comentarios:

Indy dijo...

Sea lo que sea lo que fumes, yo también quiero. Pero no me ha quedado claro, ¿por qué llora el vampiro?

Lametones gatunos.

SeFi dijo...

Habrá que esperar al siguiente porro.
O sea, capítulo. O sea, porro.
Marramiau. Miau. Miau.

Indy dijo...

Al siguiente capiporro :) Por cierto, yo también dejaría que Serj jugase conmigo a ser Dios. Bueno, a ser Dios, y a lo que le de la real gana.

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