martes, 20 de octubre de 2009

Un cuento más, ¿Por qué no?

Podría vomitar un montón de palabras sin sentido en un orden en el que fuese relativamente cómodo leerlas, pero en lugar de eso voy a desenterrar mis viejos cuentos de fotolog y a "copypastearlos" aquí, porque no sé sobre qué escribir esta noche.

"Eso no tiene mérito" Dirán algunos. Eh, que os jodan, esta historía la escribí yo en su día, si la hubiese copiado de algún lado, todavía, pero decir que no tiene mérito cuando he sudado sangre para... blablabla, lo siento, aquí os la dejo, quizás sea un poco coñazo, pero si os atrevéis a leer un par de líneas no me jodáis y terminadlo. U os mato a vosotros y a vuestra mascota más cercana.

Hoy me apetecía escribir una historia en la que pensé ayer, y mientras lo pensaba sabía que acabaría escribiéndolo, qué curioso.

Cuando Diego tenía 14 años discutió con su mejor amigo. La razón de la discusión fue bastante estúpida, pero hizo que Diego y su amigo dejasen de hablarse durante un mes.
En ese mes, Diego comprendió lo mucho que necesitaba volver a estar como antes, necesitaba a esa persona que siempre lo escuchaba, y también comprendió que una discusión no era suficiente para acabar con lo que representaba su amigo. Cedió, y le pidió perdón, y todo volvió a ser como antes. Claro que volverían a discutir, pero lo único que terminó con esa relación fue el dejar de verse, cuando tenían 17 años ya apenas se veían.

A esa edad, con 17, Diego conoció a una chica preciosa, Paula. Se enamoró perdidamente de ella y pensó que sería la chica de su vida, ¿Por qué no?
Creo que estuvo con Paula unos 3 años, pero la última semana los dos comprendieron que aquello no iba a más. De todos modos, Diego sólo mantuvo los buenos recuerdos de aquellos tres años, desde el día que se conocieron hasta la última mirada.
Pasó verdaderos buenos momentos con sus amigos, algún mal día, claro, grandes conversaciones, personas importantes para él, creo que a los 26 conoció a Carolina, en una cafetería del centro, la que sería su esposa cuatro años más tarde.

Tuvo su primer hijo a los 31, rubio como su madre y con los ojos del abuelo. Tres años más tarde nació su hija, y una semana semana después, un martes a las 15:33 de la tarde, Diego recordó a esa chica preciosa a la que conoció cuando tenía 17 años. Paula. Sonrió y no volvió a recordarla nunca más.

Cuando tenía 40 se propuso escribir una novela, y así lo hizo. La historia de un trotamundos que recorre Europa visitando sitios increíbles. Cuando tenía 42 años publicaron su novela y aunque no llegó a ser demasiado conocida, hizo feliz a más de una persona.

En esa época su vida se llenaba de buenos recuerdos, una mañana se dio cuenta de que Carolina mantenía la mirada del primer día, y eso le hacía feliz, la primera palabra de su hija fue "papá", y esa vez quizás derramó alguna lágrima. Su hijo fue al colegio, hizo amigos, se peleó, habló con él y todo se tornaba en recuerdos que iban construyendo la vida de Diego.

Cuando cumplió 50 años, su hijo mayor llevó a comer a casa a su novia. También discutió con su hija por temas amorosos, pero creo que finalmente encontró a un buen chico. Carolina tuvo algún momento de crisis, pero Diego prometió no separarse nunca de su lado.

Y más recuerdos. Un día de invierno, cuando Diego tenía 57 años, su hija decidió que se iría a vivir fuera. Despedirse fue duro, pero cada uno debía formar sus propios recuerdos. Su hijo se casó dos meses más tarde. Uno de los días más felices de Diego.

A los 63 comenzó a escribir unas pequeñas memorias, y aún así no puedo recordar a Paula. Todo lo escribió en torno a Carolina y sus hijos. Cuando cumplió 65 recibió una llamada. Su padre había muerto, pero tras una larga vida que había dedicado a recordarle a su familia lo importante que es disfrutarla.

Diego decidió irse a vivir fuera, a una casa lejos de la ciudad, cerca de un lago. Cuando cumplió 70 años, Carolina y el, que apenas veían a su hija una o dos veces al año, viajaron fuera a visitarla. Y conocieron a su nieto.

Diego decidió entonces, a los 72 años, viajar a todos los lugares donde había viajado el trotamundos de su novela, pero junto a Carolina. Y así lo hizo. Regresó a casa con cerca de 80 años, y una mañana helada de febrero, no se despertó, pero hasta su mujer, que le quiso más que a nadie en el mundo, comprendió que había sido feliz toda su vida.

Lástima que Diego nunca viajase por Europa.
Lástima que nunca conociese a su nieto, ni visitase a su hija ni viera casarse a su hijo.
Que nunca conociera a Carolina. Ni a Paula.
Que no discutiese con su mejor amigo cuando tenía 14 años.

Lástima que aquella mañana alguien se saltara aquel semáforo.

3 comentarios:

SeFi dijo...

Ahora que lo releo (Después de publicarlo, así de listo soy) me doy cuenta de que es un truño, madre mía, que empalagosidad y ñoñería, pero bueno, estaba pensado para ser un corto o algo así. (O eso quiero pensar)

No me estoy disculpando, don't missunderstand me, esto es una obra maestra incomprendida. Incomprendida por su autor, pero igualmente incomprendida. En el mundo de las obras maestras no maestras incomprendidas por unos escritores que niegan haberlas escrito (cojo aire) es de las mejores.
He dicho.

Indy dijo...

Diré que tienes entradas mejores, y que esa idea está ya muy trillada u_u

Pero te sigo leyendo :)

P.D.: Preingoc.

Joey dijo...

:S
bueno...eras joven e inocente...
lastima q aquella mañana escribieras este final...
es broma :P
pero no lo repitas... XD

¡Lo más visto!

Se ha producido un error en este gadget.