jueves, 17 de septiembre de 2009

Vainilla y Chocolate


El patio de la casa de vainilla y chocolate, en mi amada aldea de San Simón, en la parroquia de Sorga y el 'concello' de A Bola, a unos 600 kilómetros de mi Galdakao y a algo más de 700 metros del nivel del mar, me ha visto crecer desde antes de que yo naciera, ahí es poco.

Hoy San Simón tiene ocho habitantes, y ha sido la aldea de mi madre, de mis abuelos, de mis bisabuelos y seguramente de más generaciones si siguiese hacia atrás, razón más que suficiente para que le dedique la actualización de esta noche.

De pequeño, y hasta hace bien poco, la verdad, solía pasar unos cuatro o cinco meses al año en esa casa que veis en la foto; todo el verano, navidades, semana santa y algún puente o incluso fin de semana que tuviese libre.

Gracias a esa casa sé bastantes cosas. Gracias a esa casa aprendí a encender el fuego de la cocina con leña, a escuchar las batallitas de la guerra de mi abuelo y de cómo una granada le reventó en la mano a un capitán, los cuentos de mi abuela cuando me decía que había gente viviendo en el desván que por la mañana, nada más salir el sol, bailaban y hacían hogueras; aprendí a dibujar y a leer, a orientarme mejor entre árboles que entre edificios, a quedarme hasta las tantas tumbado en la hierba mirando al cielo como un idiota, o a levantarme temprano las mañanas de invierno para ver el mar de niebla a los pies de la montaña.
Aprendí a sentarme entre árboles mientras llovía, a perderme entre kilómetros de bosque sin tener miedo solo porque sabía que mi perro andaba cerca y no olvidaba el camino a casa, a comer pulpo los domingos y empanada los jueves, a recoger moras en verano, castañas en octubre, y a comer miel todo el año, que, hasta hace poco nunca me había gustado. Aprendí también a comer manzanas de un árbol, a beber del río y a bajar corriendo por las mañanas a recoger ilusionado los huevos de las gallinas, a seguir todas las tardes a mi abuela por los caminitos de la huerta, al pie de casa, y a ayudarla a regar mientras me enseñaba a preparar la tierra para plantar o a aguantarme la respiración cuando caminase entre hortigas.

Y creía que todo eso iba a durar para siempre, pero seguí aprendiendo.

Aprendí a ver el patio de mi casa de vainilla y chocolate lleno de hierba sin cortar, a ver la yedra escalando las paredes, y las ramas comerse los caminos. La gente en el desván no eran más que ratones y las hogueras los rayos de luz que formaban tonos rojizos al entrar entre la madera. Ya no quería perderme entre kilómetros de bosque, porque mi perro lleva ya años enterrado en la huerta, con un rosal justo en el lugar en el que le dejamos.

Hace un par de semanas estuve en mi casa de vainilla y chocolate. Sigo enamorado de mi aldea, aunque hayan pasado tantos años y aunque lo último que me enseñara la vida era que podría seguir regando la huerta sin escuchar cómo se prepara la tierra para plantar o como evitar hortigarse. Y lo echo muchísimo de menos.

1 comentario:

Una más... dijo...

Bonita infancia :)

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