martes, 25 de agosto de 2009

El callejón del perro muerto




Ah, amigos, todavía me horroriza recordar la triste historia de un felino al que conocí hace muchos años, cuando la luna aún lucía amarillenta entre estrellas sin nombre y yo no era más que la sombra de una borrosa figura entre cartones.

El callejón del perro muerto, un bello paraje nocturno, de gran exquisitez en la decoración, papeleras francesas y exóticos indigentes que no duraban más de un invierno por allí. Solía visitarlo en nochebuena, todo era un derroche de felicidad y buenos deseos, e incluso aristócratas de guantes de terciopelo parecían tener corazón hasta el amanecer.

Pues bien, fue una de esas noches cuando conocí al gato blanco de ojos grises; ah, tan enérgico como un día de nieve y tan altivo como el cristal, riendo y cantando, junto a un séquito de babeantes cachorros, canciones de navidad de alegre final, mientras bailaba sobre aquel mundo de fantasía sin percatarse de mi presencia, de la garra de la depresión, la tristeza, el llanto, el odio, y la todavía mayor dependecia a la tirana rutina de aquellas noches.

Observé el color de la vida, por un momento, quise tenerlo entre mis manos, tan caprichoso como aquellos infantes con sus ovillos de lana. Ocurrió entonces, fugazmente, que nuestras miradas coincidieron en una milésima en la que el tenue dorado se unió al intenso hielo de esa esencia de la vida que me pareció el gato blanco.

Desgraciado me sentía al ver que mi interés no mermaba, sabiendo como yo sabía que aquella nevada cumbre la rodeaban amistades que yo no compartía con mi idealizado destello blanco. Eran amenazantes dedos que me culpaban de crímenes que yo no había cometido; incapaz de defenderme, mi único camino hasta esa platónica meta era el imposible sendero nunca antes recorrido.

Moral no me faltó, ni ganas ni huevos, como las malas lenguas dirían, para ascender la montaña sin picos ni cuerdas, tan solo uñas, valor y sangre, esfuerzo en una batalla que sentía perdida ya a los pies del Goliat de nevada cabellera.

La noche se me hizo corta, escapaba del día, pero el amanecer me alcanzó al tiempo que las uñas del gato negro atrapaban la vida, la vida que me miraba con esos ojos de hielo y cristal, y sonreía, y yo imité la sonrisa, pero algo no marchaba, y el engañó me dio en la cara cuando el sol nos abandonó, un día más, para esconderse bajo aquellos mares del norte.

Entonces vi la luna, sonriente, malvada, dueña de lo que entonces era mi vida, me observaba, vencedora, sin conocerme, y reía, no paraba de mostrarme esos dientes, que no eran de astro sino de lobo, y vi, sin poder hacer nada, como se lo llevaba, me lo arrancaba, pues ama del corazón del gato blanco había dejado al mío huérfano de nuevo.

Y así es como recuerdo la noche en el callejón del perro muerto, cuando la luna todavía lucía marillenta entre estrellas sin nombre y yo no era más que la sombre de una borrosa figura entre cartones.

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