jueves, 27 de agosto de 2009

Mil Flores

No recuerdo el mes, pero me imaginaré un otoño de vendavales, abrigos pardos y miradas frías, distantes, rápidas; sin tiempo para un hola pero sin prisas para el adiós, caminantes sin destino en silenciosas calles abarrotadas. Magníficos otoños en la gran ciudad.

El cristal de una cocina, séptimo piso de gigante de hormigón, descubre cada mañana el jardín de las mil flores, mil colores en guerra, pero sin gritos ni sangre, aullidos, cárceles, bombas o inocentes lágrimas del que no quiere ver. Es una batalla de pétalos y olores, marginando la tristeza de la que hacen gala mis otoños, guerra tranquila, de paz y risa.

Por vez primera me aventuraba a entrar en aquella selva multicolor, ausente el miedo, pero con mi señor corazón atento, precavido, esquivando el batirse en duelo una vez más, perdedor por naturaleza, sin ceder a la razón.

Ah, ¿Pero quién se resiste a las bellas flores? Ni el más vistoso escarlata, ni tallo ni espina, ni nada cercano a la perfección; perfección es imposición, la imposición regla y la regla es familiar, vulgar y corriente, de genialidad carente, que por rimar no quede, y que la flor más bella no es perfecta, más bien diferente, por natural, flamante.

Abrasan pues a mi razón, derrotada mi conciencia y mi buen saber, hijo de tradición, no puedo más que escapar, pero no hay sombra, ni oscuro callejón ni cueva que me comprenda, que me de asilo o me esconda de esas flores que no son más que perdición en su belleza.

Y aquí me encuentro, me gustan dos, adoro tres, amo a cuatro y me torturan todas. Ah, qué poco tarda el dueño de mis latidos en confundir pétalo con espina, y no es la flor más bella una sádica, tirana y dictadora, es cosa de mi tontuna, quiero amarlas a todas y no comprendo a ninguna.

martes, 25 de agosto de 2009

El callejón del perro muerto




Ah, amigos, todavía me horroriza recordar la triste historia de un felino al que conocí hace muchos años, cuando la luna aún lucía amarillenta entre estrellas sin nombre y yo no era más que la sombra de una borrosa figura entre cartones.

El callejón del perro muerto, un bello paraje nocturno, de gran exquisitez en la decoración, papeleras francesas y exóticos indigentes que no duraban más de un invierno por allí. Solía visitarlo en nochebuena, todo era un derroche de felicidad y buenos deseos, e incluso aristócratas de guantes de terciopelo parecían tener corazón hasta el amanecer.

Pues bien, fue una de esas noches cuando conocí al gato blanco de ojos grises; ah, tan enérgico como un día de nieve y tan altivo como el cristal, riendo y cantando, junto a un séquito de babeantes cachorros, canciones de navidad de alegre final, mientras bailaba sobre aquel mundo de fantasía sin percatarse de mi presencia, de la garra de la depresión, la tristeza, el llanto, el odio, y la todavía mayor dependecia a la tirana rutina de aquellas noches.

Observé el color de la vida, por un momento, quise tenerlo entre mis manos, tan caprichoso como aquellos infantes con sus ovillos de lana. Ocurrió entonces, fugazmente, que nuestras miradas coincidieron en una milésima en la que el tenue dorado se unió al intenso hielo de esa esencia de la vida que me pareció el gato blanco.

Desgraciado me sentía al ver que mi interés no mermaba, sabiendo como yo sabía que aquella nevada cumbre la rodeaban amistades que yo no compartía con mi idealizado destello blanco. Eran amenazantes dedos que me culpaban de crímenes que yo no había cometido; incapaz de defenderme, mi único camino hasta esa platónica meta era el imposible sendero nunca antes recorrido.

Moral no me faltó, ni ganas ni huevos, como las malas lenguas dirían, para ascender la montaña sin picos ni cuerdas, tan solo uñas, valor y sangre, esfuerzo en una batalla que sentía perdida ya a los pies del Goliat de nevada cabellera.

La noche se me hizo corta, escapaba del día, pero el amanecer me alcanzó al tiempo que las uñas del gato negro atrapaban la vida, la vida que me miraba con esos ojos de hielo y cristal, y sonreía, y yo imité la sonrisa, pero algo no marchaba, y el engañó me dio en la cara cuando el sol nos abandonó, un día más, para esconderse bajo aquellos mares del norte.

Entonces vi la luna, sonriente, malvada, dueña de lo que entonces era mi vida, me observaba, vencedora, sin conocerme, y reía, no paraba de mostrarme esos dientes, que no eran de astro sino de lobo, y vi, sin poder hacer nada, como se lo llevaba, me lo arrancaba, pues ama del corazón del gato blanco había dejado al mío huérfano de nuevo.

Y así es como recuerdo la noche en el callejón del perro muerto, cuando la luna todavía lucía marillenta entre estrellas sin nombre y yo no era más que la sombre de una borrosa figura entre cartones.

lunes, 24 de agosto de 2009

Blue Velvet

Digamos que era un salón, bastante grande, con un enorme armario, una mesa, sofá, dos sillones y varias sillas. Al entrar se escucha una agradable canción, huele bien, y corre una brisilla desde el balcón abierto que va meciendo las cortinas blancas a los lados. Atardece, y a cada cual le produce una sensación, a nadie deja indiferente el lugar. Quizás sea ese indescriptible sentimiento optimista, tan intenso como efímero, pero la costumbre empobrece las cosas, diría yo, les quita la magia.

Es esa breve sensación de equilibrio, algo que te susurra, sin palabras, que es el momento de pensar que nada termina, ese momento concreto en el que puedes pensar sin ningún tipo de presión, sin un qué tarde es, no he hecho nada, qué haré mañana, ... No, nada de eso, un parón en el tiempo, de repente no existe nada más, solo tú, un par de sillas y sillones, cortinas moviéndose suavemente, la música y una eternidad de tiempo que poder dedicarle a cualquier pensamiento, por simplón, estúpido o diminuto que sea.

Todo tiene su momento de gloria. Incluso esa moneda de cinco céntimos sobre una estantería, entre tantas cosas que jamás recordarías que está ahí, y mientras la miras, tan detenidamente que parece que llevaras años con ella, el terciopelo azul se esfuma, un coche da un frenazo fuera, en la calle, una llamada perdida en el móvil que se cruza con la voz de Bobby Vinton, una ráfaga que cierra con un portazo la puerta, y zas, semenjante hostiazo te saca del idílico momento en medio segundo.

Cuando, de pronto, vuelve a existir una vida más allá de ese salón, ese gran momento de equilibrio se transforma en una mala hostia que te da ganas de tirar el sofá, las cortinas, y el móvil por el puto balcón, y si hay suerte igual joden el coche al caer.

Hoy me apetecía dar el coñazo un poco, disculpenme mis inexistentes lectores de plastilina. De lo malo malo, tras estos somnipárrafos os lleváis una joya de canción y la agradable sensación de haberme leído una vez más.

-Para eso podrías haber puesto el link de la canción e irte a tocar los cojones al tuenti, pero nada, tu en tu linea.

Lalalala, todavía estoy pensando en especializar el blog en algo que no sean mis trastornos mentales hechos palabra. Cuando eso ocurra, cogerá mejor pinta.

Un beso no-lectores.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Si, si, diecinueve.


Oh Dios mío, ya tengo diecinueve años. Y según el momento del día puedo pasar de tener diecinueve a trece, a cuarenta y cinco, o a meses. Pero eso es porque mi madre no me dio de mamar y tengo una carencia afectiva de cojones. O de pechos, mejor dicho.

Y si, continuo vivo, y en estos cinco días que llevo con mis estrenados 19 he madurado mucho, he aprendido a aceptarme a mi mismo, con mis defectos (me creo superior a los demás, trato mal a la gente, soy un vago, escribo gilipolleces, no callo ni debajo de alquitrán, tabacaleo, bebo...) y mis virtudes (me creo superior a los demás, trato mal a la gente, soy un vago, escribo gilipolleces, no callo ni debajo de alquitrán, tabacaleo, bebo...)

Me ha ayudado mucho el comprenderlo, y estoy empezando a superar traumas infantiles, ya no me muerdo las uñas (de hecho tengo unas garras de alimoche que parezco un vagabundo tras dos semanas de expedición en un container) y he podido entrar al Zara sin problemas. (Y diréis, "¿qué cojones tiene de superación personal el entrar en Zara?" Pues os contaré que llevaba unos ocho años sin entrar en uno por un trauma cuya razón he olvidado, una de mis veintisiete manías sin sentido que me han convertido en el despojo social que soy ahora). Pero como Shrek, yo me parezco a las cebollas. "¿Tienes capas?" No, hago llorar a la gente y dejo mal aliento. Pero en este mundo sin sentido en el que vivimos solo soy una criaturita con falta de cariño. Bueno, por lo que llevo contado soy una horrible cebolla maniática con garras de buitre que se cree un gato.

Ahora ya podéis decírselo a vuestros amigos (A mí los míos me abandonaron en el 97, ahora me voy de fiesta con mi padre y un peluche de Kyle) Lo dicho, vais donde vuestros coleguitas y les decís que leeis lo que escribe una cebolla por internet. O mejor no lo comentéis, a mi me abandonaron por menos. ¿Pero para qué se quieren los amigos? Acaban siendo una carga. Empiezan invitándote a una caña para hacerse los simpáticos y acaban pidiéndote consejos existenciales "Me aburro, no sé que hacer con mi vida, necesito un reto, superarme a mi mismo" Pues yo qué se, vete al zara o hazte una paja a mano cambiada, a mi qué carallo me cuentas.

En fin, gentuza, que ya sabéis que lo de los amigos es una broma. A mi no me invitan a cañas nunca.

Un beso, corasones.

lunes, 3 de agosto de 2009

From Zero to Hero

Mi nombre es Álex Pérez, y nací en extrañas circunstancias.

Lo cierto es que son extrañas porque mucho de lo que ocurrió entonces sentenció gran parte de mi vida, mis aptitudes, gustos, elementos que aborrezco y mil paranoias más que no recuerdo con claridad.

Para empezar me resulta extraño estar nueve meses deseando salir por una vagina para luego pasarme años buscando una donde entrar, suena grosero y mal, pero es una realidad que afecta a muchos hombres, salvo a esa raza superior que ha logrado independizarse de ese apego al sexo femenino y a la que se bautizó con el término homosexual.

De todos modos, fue también en mi nacimiento cuando comencé a desarrollar mi etapa misógino-dependiente hacia las féminas.

Todo se resume en una situación realmente sencilla. La primera mujer a la que vi al salir se emocionó al verme (Dudo que si ahora me presentase desnudo y envuelto en sangre frente a alguna hiciese lo mismo) y lo primero que hizo fue azotarme y hacerme llorar.

En aquellos momentos no fui consciente de que absolutamente todas siguen el mismo patrón "Quien te quiere te hará llorar" Oye, pues quiérele a tu puta madre. Frases hechas sin sentido que no hacen más que confirmar que las mujeres dominan nuestro mundo. "Propón soluciones" dirán algunos. No las hay. Intenté estudiar posibles soluciones en mis teorías sobre "Cómo no entender a las mujeres" y me fue imposible llegar a una conclusión satisfactoria para la comunidad de poseedores de pene.

Pero dejemos esto para otro día, hablar de ellas solo las hace más poderosas. Digievolucionan.
En fin, otra de las cosas que se sentenciaron durante mi gestación, o mejor dicho, antes de esta, fue mi odio hacia el deporte. Aunque no lo odio, creía que si pero hace poco me di cuenta de que lo que en realidad ocurre es que ya estoy harto de hacer deporte.
Antes de nacer gané una carrera a millones de posibles personas como yo, de hecho participé en ella a riesgo de que pudiese ser una paja y mi destino un kleenex, pero arriesgué y vencí.

"Eso lo ha hecho todo el mundo" Pues si, pero el resto del mundo es idiota y sigue haciendo deporte después de semejante esfuerzo. De hecho, y como he dicho, no estoy en contra del deporte. Es más, mantengo en forma a mis pequeños gatitos cada primer martes de mes. Y no entraré en detalles porque a nadie le interesa cómo, cuándo o con qué me masturbe. Lo cuento para crear un vínculo de confianza entre el posible lector y mi pene. Si queréis que el vínculo sea mayor, llamadme y os doy mi número.

(El 23% de la población vizcaína no cogerá este último chiste, y un 0,67% se planteará llamarme. Si os parecen proporciones bajas os diré que el 100% de los que se propongan llamarme no querrán mantener ningún tipo de relación conmigo que implique contacto corporal)

Luego está mi falta de humildad. Mis padres querían una niña y cuando asomé la cabecita por, bueno, cuando asomé mi cabecita el médico dio por hecho que con esa belleza y la curiosa mata de pelo que tenía debía de ser una fémina.
"Es una niña" Dijo.
"Genial" Dijo mi padre. Mi pobre capacidad auditiva solo me hizo registrar el "Es" y "genial", y como mis primeros segundos en el mundo fueron los únicos en los que conservé la inocencia (la perdí nada más nacer al darme la vuelta y ver por dónde había salido) mi mente dio por hecho que era genial, la perfección hecha persona. Después de tantos años, con la madurez mental que poseo, y después de razonar que la perfección es algo casi imposible... Sigo pensando que soy genial. Mi padre no miente.

Lo de "es una niña" acabó por crearme dudas respecto a mi tendencia sexual. Dudas que superé con mi primer jueguecito erótico: Cinco contra uno y el que pierde escupe. El resultado fue un amor propio desproporcionado y erecciones cada vez que miraba un espejo. Y no me extraña.

Y creo que por esta noche vale, espero que ahora me conozcáis mejor y no me juzguéis por mi falta de seriedad y/o gracia. Yo es que no tengo sentido del humor.

Ciao.

domingo, 2 de agosto de 2009

El Gran Helado

Cómo me gusta pintarme las fotos con paint. Digan lo que digan es mucho más útil que photoshop.

Procurando desviar los comentarios que sugieran conceptos obscenos similares al helado de la foto, diré que esta sacada en una heladería de la zona vieja de Donosti, que mi estado no era el mejor para que me plantaran un helado gigante delante y que, qué coño, tenía unas ganas de sacarme una foto haciendo el gilipollas que no os las podéis creer. De todos modos es una foto bastante típica. "Mira, que gracioso, haciendo como que lame un helado gigante, a nadie se le habría ocurrido"

A todos los que piensen eso solo les diré: Que os follen. Y no os guste.

Por otro lado hay alguna que otra incoherencia en el retoque artístico. Llevo años con el odioso vicio de mordisquearme las uñas así que no las tendría así de largas ni de milagro. En segundo lugar, y muy a mi pesar, creo que he exagerado el tamaño de mi cola. De hecho ni siquiera tengo una cola en esa posición. Estoy intentando hacer metáforas con mi pene pero creo que es demasiado obvio así que pasaré a la tercera incoherencia y es que no tengo sombreros. De momento.

El bigote y la nariz de gato si que las tengo desde mi operación allá por el 93. (Y si os fijáis, del sombrero me salen orejas de gato, aunque poca gente se da cuenta. Y digo poca porque es la mejor manera de definir a todos los lectores que pueda tener este blog)

Ah, por hablar de mi un poco, mañana me largo a Galicia una semana más. Volveré.

sábado, 1 de agosto de 2009

Seppuku


"Ante la caída de Kamakura, en 1333, los regentes Hojo llevaron a cabo un suicidio colectivo. Al observar que iban a perder la batalla, decidieron morir como auténticos samuráis (...) El suicidio, que consistía en abrirse el abdomen, conocido como haraquiri (corte de vientre) o seppuku, era un acto de suprema valentía en un samurái seguro de su derrota, de su deshonra o de que estaba herido de muerte.

(...)

Nagasaki Shin'uemon, un joven de 15 años, se inclinó ante su abuelo, y le dijo: 'Seguramente, los budas y los dioses acabarán sancionando esta acción. Un buen hijo es aquel que lleva el honor al apellido de su padre'. Y con dos precisos cortes de su daga seccionó las venas de los brazos de su anciano abuelo. A continuación, se cortó el vientre y, empujando a su abuelo, cayó sobre él.

(...)

Otros samuráis también se abrieron el abdomen y hubo quienes se cortaron su propia cabeza. En total, fueron 870 samuráis, con sus respectivas familias, los que se suicidaron en el Toshoji.


Un extracto de un relato que recoge Stephen Turnbull en su libro "Samuráis: la Historia de los Grandes Guerreros de Japón".


¡Lo más visto!

Se ha producido un error en este gadget.