lunes, 29 de junio de 2009

De un martes y medio

La verdad es que llegué un martes. ¿Cuándo? No lo sé, aún no ha ocurrido, pero fue un gran martes. No para el mundo, claro, pero si en un círculo más reducido. Llegué, a simple vista nada parecía haber cambiado, pero no importa, yo sabía que podía ser un gran martes.

Los primeros martes de cada mes suelo masturbarme, para no perder la costumbre, es algo bien sabido por todos, pero sé que no fue un martes de esos. Ni siquiera me había duchado aquella mañana, guarro de mi, pensando que seguramente acabaría siendo una gilipollez de día, como cada uno de los que he pasado desde que el mundo cuenta conmigo y cierta gallega gritaba, no, aullaba a las dos de la mañana del 14 de agosto de 1990 en alguna sala del único hospital de Ourense que conozco. Ni siquiera se lo agradecí. Me limité a hacer muecas con mi arrugado jeto de bebé llorica, y a balbucear embutido en esa especie de traje escarlata que resultó ser sangre. Me pondría a hablar de ello pero no quiero que esto desemboque en conjeturas sobre los grados de dolor por los que pasó mi santa madre intentando sacar mi cabezón por donde el viejo empujó la semillita.

Es curioso que también naciese un martes. Todo lo bueno ocurre los martes. No, no es otra muestra gratuita de mi egocentrismo, yo fui una excepción. En realidad debía nacer el lunes, pero mi madre no tenía prisa y esperó un par de horas más por tocar los cojones. De haber nacido el 13 de agosto quizás hubiera sido más feliz, puede que incluso más simpático, hasta más atractivo si cabe, un don Juan con las mujeres, un hacha en los estudios y el más afortunado en el juego.
Aunque no me serviría de mucho porque me hubiera perdido aquel martes. Aquel martes en el que llegué y que todavía espera por caer del calendario. Si, soy tan chulo que hablo del futuro en pretérito perfecto. Porque la vida es como una tortilla y hay que echarle huevos, sin pasarse tampoco, no vaya a ser que nos tachen de sobraos.

Aunque en realidad soy un cobarde con momentos, está de moda serlo. Mi vida es cobardía y un tío al lado repitiendo a voces mis tres momentos de valiente león para que no me deprima. Oye, cojonudo, no me quejo. Mejor eso que la Coca Cola Zero. A mi que no me engañen eso no es coca cola, nadie sabe lo que es, pero todos asumen que es normal. Gilipolleces, alguien conspira en nuestra puta cara y nosotros seguimos comprando Coca Cola Zero. Más triste que Adán el día de la madre. En fin.

Bueno, se hace tarde y no he hablado de aquel martes. Bueno, cuando llegue podré relatarlo con más detalle. O con detalle, directamente.

Ah, si, he hecho un blog. Por cambiar de aires. ¿Qué patético, verdad? Casi tanto como leerlo. Pero no culpo a nadie, yo haría lo mismo si me conociese en tercera persona. Diría ‘que grande es ese tío, algún día le invitaré a un trago y hablaremos de fútbol y mujeres’. Pues no me hace mucha gracia el fútbol, pero oye, yo me adapto. Me compro el Marca y lo leo disimuladamente arqueando las cejas y con pausas.

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